jueves, 4 de junio de 2009

Sobre La ciénaga


Calma y siniestra

Autor: Cynthia Sabat
Crítica publicada en 2001

La Ciénaga es la opera prima de Lucrecia Martel, una salteña que impactó por su audacia y por su libertad al presentarse con una obra que difícilmente pueda encuadrarse dentro del cine argentino convencional, y que admite muchas lecturas. Una de ellas dice que es una metáfora del país. Lucrecia afirma que esta es su manera de hacer política, y que solo pretendió contar historias que vivió de cerca.

Si puede definirse a La Ciénaga como una película de sensaciones, esa sensación es la de la calma chicha. La calma chicha no es cualquier calma: es esa calma densa, agobiante casi imposible, con un olor a tierra flotando en el aire cuando parece que el cielo se cae poco antes de que se desate una terrible tormenta. Todo lo familiar se vuelve inexplicablemente extraño. Será por eso que en la quinta La Mandrágora un puñado de adultos caminan como zombies con un vaso de tinto en la mano como única compañía, mientras los chicos se desparraman, se pierden en el monte, audaces, vitales, detrás del monte que esconde los relámpagos.

La Ciénaga es, además de la película argentina que acaba de ganar el Oso de Plata a la Mejor Opera Prima en el Festival de Berlín, una película nacida de la mejor inocencia: la de no acusar recibo del lastre de tics, temáticas, estéticas y lenguaje que caracterizan a la mayoría del cine argentino de los últimos diez años. Sin embargo su directora, Lucrecia Martel, recurre a dos películas argentinas cuando un periodista le pide que defina la suya mencionando dos como referencia: "es una mezcla de Miss Mary con Nazareno Cruz y el Lobo : una familia (aunque no aristocrática) vista desde un lugar un poco enrarecido".

Lo cierto es que no puede sino causar intriga y seducir al espectador tan extraña definición, más extraña en boca de un director argentino, que por lo general olvidan la herencia del cine nacional a la hora de hablar de influencias. Martel habla además de que cierto espíritu de David Cronenberg (Festín desnudo) y de Stanley Kubrick (Ojos bien cerrados) están presentes en La Ciénaga, en ese estado de la realidad donde todo parece controlado hasta que algo inesperadamente cambia y revela una realidad monstruosa, que estaba agazapada, calma y siniestra.

La mandrágora es una quinta donde se cosechan pimientos, y donde viven Mecha (una mujer racista, una alcohólica perdida interpretada con gran solidez por Graciela Borges) y su marido Gregorio (Martín Adjemian), un hombre que se tiñe el pelo, que es tildado de bueno para nada, y que atraviesa la película como un fantasma. Los cuatro hijos de Mecha y los dos de su prima Tali (Mercedes Morán) se encuentran en el consultorio del médico del pueblo cuando Mecha llega allí para curarse unos cortes en el pecho que le produjo un accidente etílico, y Tali lleva a Luciano a coser su rodilla que sangra y sangra. A partir de ese cruce azaroso las familias se frecuentan, los chicos juegan, los adultos cruzan palabras, nada fuera de lo normal. Mientras todo pasa una sensación de que ese estado de cosas no puede durar para siempre, comienza a ganar espacio. Como en un collage de momentos intrascendentes el relato va y viene de las conversaciones mínimas de las dos mujeres, a las de los hijos adolescentes, a la de los más chicos, a la de los que están jugando en el monte.Y Martel va mostrando ese cosmos, ese orden de cosas que se sostienen en un equilibrio precario.

En medio de ese sopor de la siesta provinciana, y en la sombra de sus dormitorios, surgen las inquietantes relaciones entre los personajes: un erotismo difuso pero sin pausa entre dos hermanos; una relación de dependencia y hasta de histeria entre Momi, una de las hijas de Mecha, con la criada "india"; la libertad con aires de abandono de los chicos que llevan rifles y se lastiman con las ramas en el monte. También nace el mito de la rata africana, un monstruo improbable con doble fila de dientes, que nace de un chiste y condensa buena parte del misterio de la historia.Todo aquello cae bajo el inquietante manejo del tiempo cinematográfico que hace Martel al imponer pausas siniestras, donde todo parece suspenderse un segundo antes de la catástrofe: Momi se tira a la pileta y ya no sale mientras todos miran mudos el agua, para unos segundos después retomar un diálogo o un silencio perfectamente encuadrable dentro de la "realidad".

La Ciénaga es la película argentina más personal e inquietante de los últimos años. Alejada de los relatos convencionales, de los tiempos y de los finales convencionales, la película impone su calma chicha a un espectador invitado a mirar por el microscopio de Martel, a observar a los chicos cuando juegan y a descubrir allí un microcosmos tan angustiante como natural. MCI
Publicado originalmente en MCI - Megasitio de Cine Independiente (www.cineindependiente.com.ar)

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