jueves, 4 de junio de 2009

Sobre Un oso rojo


Autor :Cynthia Sabat
Setiembre 2002

Un oso rojo
(Argentina, España, Francia, 2002) Dirección: Israel Adrián Caetano Guión:
Israel Adrian Caetano con la colaboración de Graciela Speranza Elenco: Julio Chavez, Soledad Villamil, Rene Lavand, Luis Machin, Enrique Liporace. Fotografía y Cámara Jorge Guillermo Behnisch Dirección de Arte: Graciela Oderigo. producción: Lita Stantic y Matías Mosteirin.

El cine independiente que se hace hoy en América Latina tiene la lupa puesta en la marginalidad: de esto no caben dudas. La falta de futuro, el reinado de la corrupción y hasta el escepticismo más barrial, son un caldo de cultivo riquísimo para contar historias emotivas, con pizcas de suspenso y acción, y con fuertes lazos con la realidad. La diferencia está en la mirada, más o menos naturalista, más o menos esteticista, más o menos declamatoria del director.

Adrián Caetano lleva largo rato con su ojo puesto en la marginalidad, como en “Pizza, birra y faso”, la película que co-dirigió con Bruno Stagnaro y que marcó records de público, y en “Bolivia”, una pequeña historia en blanco y negro que narra la tragedia de un inmigrante boliviano en la gran ciudad. En “Un Oso Rojo”, esa marginalidad sirve de contexto para un western cuyo epicentro es el bar de El Turco, en La Boca. Y el cowboy solitario, lleno de silencios, de cicatrices y tristezas, es el Oso, un hombre que cumple su condena de 7 años de prisión, por haber matado a un policía en un
enfrentamiento, tras un robo que no pudo ser, y sale a reencontrarse con lo que más quiere: su hija Alicia.

El Oso deja la cárcel, un mundo cuyas reglas aprendió a respetar y conoce, para aventurarse en otra prisión más despiadada: un barrio del gran buenos aires, de la periferia, donde las reglas han cambiado porque el país es otro y él es otro. Con la serenidad de quien va en busca de lo que es suyo, el Oso llega al bar de El Turco para pedirle su tajada del robo que lo puso tras las rejas. No hay dudas que el Oso calló, y el Turco reconocerá el gesto. Pero el Turco no puede sino traicionar con guante blanco, el único de su única mano.

Su familia ha cambiado: Natalia, su mujer, vive con un hombre que le hace compañía pero no puede darle un futuro. El deseo es ahora acercarse a Alicia, conseguir un trabajo honesto–como chofer de remis-, y cambiar para siempre el tambor de un revólver por el tambor de un oso rojo, de peluche. Pero la tentación de resolver problemas mediante el delito siempre está ahí, porque es lo que mejor sabe hacer, y como un canto de sirenas lo llama mientras se empeña en ser otro. La mirada de Caetano muestra que en el desierto urbano un criminal de sangre fría, puede ser a la vez un padre amoroso, capaz de cualquier sacrificio por su hija.

El Oso se ve acorralado cuando el Turco lo apura: para poder llevarse su dinero, tiene que hacer un último gran golpe. Y mientras lo masculla, en una escena con reminiscencias borgeanas, alguien le da un revólver “que no falla nunca”, y le marca el destino. En un antológico montaje paralelo, Caetano muestra el robo a un camión blindado y sus trágicas consecuencias, mientras Alicia canta el Himno Nacional en un acto escolar. A partir de allí los hechos se desencadenan como algo inevitable: el Oso se erige en mártir justiciero que reparte venganza a los traidores, y proteje a los que más quiere, porque ya ha elegido: “A veces lo mejor que puede hacer uno, es estar lejos de los que quiere”, le dicen.

Un Oso Rojo” condimenta una historia muy emotiva, con toques de humor y escenas de acción muy del western que Caetano coreografía con mucho estilo. La impresionante composición de Julio Chávez, como el Oso, y del prestidigitador René Lavand como el Turco contrastan con la poca creíble Natalia que encarna Soledad Villamil. El montaje y la música se alían para dar ritmo y respiros en forma de transiciones musicales, a esta película que nunca se olvida que ante todo es una historia de amor, aunque en el camino decaiga en la obviedad de algunos diálogos (los de el Oso con su hija y su mujer), la resolución fácil de ciertas situaciones (el simbolismo del juego de las monedas), y el desaprovechamiento de actores (el Turco no utiliza nunca la habilidad de su única mano para engañar a el Oso).

Calificación: 7 (siete)

Publicado originalmente en MCI - Megasitio de Cine Independiente (www.cineindependiente.com.ar)

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